Lloré por mi cuerpo

De chica a chica…

Mientras otras chicas crecían, cambiaban y parecían verse tan bonitas y seguras de sí mismas, yo sentía que me había quedado atrás. Miraba mi cuerpo y, muchas veces, me sentía triste. Era demasiado flaca, muy pequeña y la verdad, nunca crecí más; sigo midiendo 1.55, pero en esa etapa eso parecía importar demasiado.

Y aunque muchas veces las personas hacían comentarios “sin intención”, había palabras que se quedaban viviendo en mi cabeza más tiempo del que deberían. Cosas como estás muy flaquita” o “seguro no comes” parecían pequeñas, pero poco a poco comenzaron a afectar la manera en que me veía a mí misma.

Recuerdo compararme muchísimo. Mirar otros cuerpos, otras fotos, otras chicas, incluso revistas, y preguntarme por qué yo no me veía así. Por qué la ropa no me quedaba igual. Por qué parecía tan fácil para otras sentirse bonitas mientras yo luchaba constantemente con mis inseguridades.

Y sí… muchas veces lloré por mi cuerpo.

Porque las inseguridades no siempre hacen ruido. A veces viven en silencio: en la manera en que evitas mirarte demasiado al espejo, en la ropa grande que usas para esconderte o en cómo intentas convencerte de que “no te importa”, aunque por dentro sí duela.

También hubo momentos donde mi relación con la comida no fue la mejor. Intentaba comer muchísimo para subir de peso, pero terminaba sintiéndome mal físicamente. Era como si mi cuerpo y yo estuviéramos peleados todo el tiempo, y honestamente, eso puede llegar a ser muy agotador emocionalmente.

Pero con los años entendí algo que antes no podía ver: mi valor nunca dependió de mi talla, de mi peso ni de cuánto me pareciera a otras chicas.

Dios jamás me ha amado menos por verme diferente.

Porque mientras el mundo nos enseña a compararnos constantemente, Dios mira mucho más profundo. Él no está contando centímetros, tallas o kilos. Él mira el corazón. Y entender eso empezó a cambiar lentamente la manera en que me veía a mí misma.

Poco a poco estoy aprendiendo que no necesito tener el cuerpo de una revista para ser valiosa. Que mi feminidad no depende de parecerme a alguien más. Y que cada cuerpo tiene algo único, incluso el mío.

Todavía hay días donde me cuesta sentirme suficiente. Días donde las inseguridades vuelven a aparecer. Pero ahora intento tratarme con más amor, más paciencia y más ternura. Porque mi cuerpo no es mi enemigo. Ha estado conmigo incluso en mis días más difíciles.

Y si tú también alguna vez lloraste por tu cuerpo, quiero recordarte algo que todavía sana mi corazón escuchar: no necesitas parecerte a nadie para ser hermosa.

No tienes que encajar en un molde para merecer amor. No hay nada malo en ser distinta. Y tu cuerpo jamás será menos valioso solo porque no se parece al de alguien más.

Dios te creó única, con ternura y con propósito. Así que, por favor, aprende a mirarte con los mismos ojos de amor con los que Dios te mira.

“El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.”
1 Samuel 16:7

Nos vemos… 

Comentarios

Entradas populares